21 Nov La venganza y el horror femenino como herramientas de la narrativa latinoamericana de Eskröta
Este artículo corresponde a la presentación de investigadora musical Beatriz Medeiros en la conferencia inaugural del Seminario de Estudios sobre Heavy Metal a principios de octubre 2025.
Cuando hablamos de la intersección del metal y de la construcción del universo de horror, probablemente nuestras mentes siguen para el camino más obvio: semiótica en carátulas de discos, narrativas en letras de canciones que hablan sobre la guerra, la muerte, el fin del mundo —en términos apocalípticos—; tal vez incluso volvamos a la sonoridad. Como ese riff de guitarra junto con esa percusión específica puede generar una sensación de ansiedad, o como esa voz, ese vocal, cantado de esa manera, proyecta una idea de miedo, el miedo a lo desconocido. Esas sensaciones de terror y ansiedad, asociadas al horror.
El metal y el horror, al fin y al cabo, existen en una relación casi sinérgica, simbiótica, como si fueran géneros de una misma matriz madre. La creación de universos que provienen del choque como valor y su posición en la sociedad como marginados de lo normativo hace que ambos universos, el del heavy metal como género musical paraguas y el del horror como género romántico amplio en la literatura y el cine, tengan más que un simple diálogo entre sí: colaboran para demostrar los errores de la sociedad, en los que debemos mejorar, nuestra hipocresía moral, dejando claro lo que insistimos en negar. Juntos, exponen lo que insiste en esconderse tras la superficie, entre las tramas de la sociedad, de lo “ético”, “limpio” y “sano”, cuestionando lo que realmente significan esas categorías en nuestro tiempo.
En este artículo propongo un tipo a más de análisis posible entre esta dinámica entre el horror y el metal: examinar cómo el horror expresa la furia femenina y usa la venganza como eje narrativo desde una perspectiva feminista.
Hablemos, entonces de Eskröta, una banda de thrash metal brasileña creada en 2017 en una ciudad del interior del estado de São Paulo, que se ha consolidado por su posicionamiento antifascista y feminista en especial en los últimos años, donde la ultra-dereche viene ganando más espacio en el debáte público brasileño y, por supuesto, en sus espacios de creaciones artísticas. El grupo está formado por Yasmim Amaral (voz principal y guitarra), Tamy Leopoldo (contrabajo y backing) y John França (percusión) y ha publicado tres álbumes – Cenas Brutais, Atenciosamente, Eskröta y blasfêmea.
Como muchas otras bandas de thrash metal, la producción de Eskröta combina el sonido con narrativas semióticas y líricas que se nutren del horror, en especial del horror cinematográfico. Incluso tiene un EP titulado T3RROR que reúne canciones compuestas pensando en películas como Psicosis, El Exorcista, El Loco de la Motosierra y Scream.
Sin embargo, un ejemplo emblemático al que quiero llamar la atención es la canción Filha de Satanás, lanzada en el disco Cenas Brutais y que nos presenta un retelling de Carrie, la novela de Stephen King que se popularizó, al menos en Brasil, con la película de 1976. Como la música está construida, escuchamos una descripción de la personaje de Carrie White y lo que ha transformado en un monstruo. A través de las voces de Yasmim y Hugo Golon (vocalista de la banda Cemitério) y de la distorsión acústica, escuchamos cómo Carrie se transforma de una niña inocente en una asesina: extremismo religioso, exclusión, acoso, odio.
Mientras la sangre de cerdo corría
El odio la consumía, solo pensaba en matar
Usó la telequinesis y la venganza
Lo que resultó en una matanza, una tragedia fatal
Muere con el cuchillo en la mano
Haciendo la señal de la cruz
La canción es tan importante para la historia de la banda que algunos fans incluso se visten como ese personaje en los conciertos. En esta versión, la monstruosidad de Carrie se transforma en símbolo de agencia: el monstruo no solo aterroriza, también ajusta cuentas con quienes la violentan. La acción femenina es la propria venganza contra la opresión imposta sobre su cuerpo y identidad.
Eskröta articula, así, la violencia contra las mujeres no solo como un problema social, sino como catalizadora de su propia estética de venganza. Según un estudio realizado por Oxfam International y publicado en 2024, siete de cada diez niñas y ocho de cada diez mujeres han sufrido algún episodio de violencia de género en países de América Latina y el Caribe. Estos episodios, que van desde la violencia sexual, psicológica, patrimonial y verbal hasta el feminicidio, forman parte de la vida cotidiana y tener que lidiar con estas situaciones a menudo influye en la propia construcción de la identidad de lo que significa ser mujer en esta parte del mundo. No se trata, por tanto, de hechos aislados, sino de una pedagogía de la violencia que atraviesa la vida femenina desde la infancia, un proceso que la antropóloga Rita Segato ha descrito como estructural al orden patriarcal y a la propia lógica de la guerra.
Eskröta toma esta realidad como punto de partida y la convierte en materia estética. En sus canciones, la acumulación de agresiones y silencios se transforma en grito, la experiencia del miedo se convierte en furia sonora, y el cuerpo históricamente disciplinado se reapropia de su potencia en el escenario. La violencia no aparece únicamente como denuncia, sino como motor de un imaginario de resistencia: un metal que no busca reproducir el dolor, sino revertirlo en arma cultural. Así, la banda sitúa la experiencia cotidiana de la violencia de género en América Latina dentro de un horizonte estético y político que conecta lo íntimo con lo colectivo, lo personal con lo histórico.
Eskröta también lo reconoce en una canción más reciente, Mantra, lanzada en colaboración con MC Taya.
¿Quién fue asesinada en la esquina? (Una mujer)
¿Quién sufrió una episiotomía? (Una mujer)
¿Violada en su familia? (Una mujer)
¡Ataque feminicida! (Una mujer)
La banalización de la violencia de género es reconocida por la banda, porque es un síntoma histórico de una enfermedad mucho más problemática que la agresión. Aquí resulta pertinente recordar a Rita Segato, quien sostiene que en el capitalismo tardío “el sufrimiento y la agresión impuestos al cuerpo de las mujeres, así como la espectacularización y naturalización de esa violencia, constituyen la medida del deterioro de la empatía en un proceso adaptativo e instrumental a las formas epocales de explotación de la vida.”
El sufrimiento femenino es un pilar para el mantenimiento de la explotación del sistema capitalista. En Mantra, MC Taya canta: “La hoja de la hoz ya está afilada/ Es cuestión de tiempo hasta que no quede nada/ En lo divino femenino encuentro mi lugar/ En este mundo abusivo, no voy a reencontrarme”. La venganza se presenta aquí como respuesta a la agresión descrita en la segunda estrofa de la canción. Esta venganza, el asesinato, no se lleva a cabo con otra arma que no sea la hoz: la relación entre el anticapitalismo, una unión de lutas de género y clase. Tenemos un mensaje evidente de asociación entre la violencia contra las mujeres y el capitalismo: mientras exista el sistema de explotación, los cuerpos femeninos serán explotados.
Linda Williams en su artículo When the Woman Looks, argumenta que el horror es quizás el género que más posibilidades ofrece a un “female gaze” activo. No solo porque las mujeres son quienes primero ven o reconocen al monstruo, sino porque en ocasiones se alían con él. Carrie White, por ejemplo, se convierte en monstruo para vengarse de una cultura castradora y de sus agresores dentro de casa e en la escuela. De forma análoga, Eskröta asume la monstruosidad para revertir la violencia patriarcal en una furia propia, en un arma política.
Esta propuesta alcanza una de sus formas más contundentes en el videoclip A Bruxa (2025). La figura de la bruja, históricamente utilizada como dispositivo patriarcal de control, se resignifica aquí como emblema de horror feminista. Recordemos que, durante siglos, la acusación de brujería sirvió como mecanismo de disciplinamiento de las mujeres que desafiaban la norma: curanderas, parteras, mujeres solas, disidentes sexuales. Eskröta retoma ese imaginario para invertirlo: la bruja de su canción no es la víctima condenada a la hoguera, sino la agente de su propia venganza. El estribillo “Deixa o fogo queimar!” convierte el fuego inquisitorial de castigo en fuego de resistencia, de purificación y de furia colectiva.
Visualmente, el video despliega una estética ritual y oscura: luces rojas, símbolos de sacrificio, planos cerrados que intensifican la expresión de la rabia. La escenografía remite tanto a la tradición del cine de horror como a la iconografía de los rituales populares, donde el trance y la repetición marcan un pasaje entre mundos. Así, la teatralidad se convierte en arma política, no solo porque dramatiza la violencia, sino porque transforma la escena en un espacio de catarsis compartida con quienes miran.
La narrativa, sin embargo, subvierte el destino habitual: en lugar de morir, la bruja regresa como fuerza destructora. Esa inversión es clave: lo que antes era condena se vuelve liberación, lo que era signo de debilidad se convierte en potencia. En el marco del metal feminista latinoamericano, esta figura no habla solo de un personaje mítico, sino de todas aquellas mujeres que, desde las periferias, reclaman agencia sobre su dolor y lo reescriben como arma de lucha.
Un punto particularmente interesante ocurre a los 3 minutos 44 segundos, cuando la música se abre hacia una sección percutiva que remite a ritmos afro-brasileños, en especial al maracatu. Esa percusión, marcada por patrones hipnóticos y graves, ya fue explorada en el metal brasileño por bandas como Sepultura en Roots (1996) o por grupos de “metal nativo” como Arandu Arakuaa. Aquí, su uso no es decorativo: se trata de un gesto de brasilidad que conecta la furia femenina de la bruja con tradiciones musicales afrodescendientes de resistencia y de ritual. La fusión entre thrash metal y maracatu intensifica la atmósfera ritualística del video, situando la venganza femenina en una genealogía local de lucha contra la opresión.
De este modo, A Bruxa condensa tres dimensiones:
1 La reapropiación del horror como espacio de agencia femenina.
2 La violencia convertida en metáfora de resistencia, donde el fuego ya no castiga, sino que arma.
3 La inscripción de sonoridades brasileñas que vinculan la furia femenina con genealogías latinoamericanas de resistencia.
En suma, Eskröta no se limita a denunciar la violencia de género: imagina una venganza femenina profundamente situada en nuestras memorias coloniales y nuestras realidades contemporáneas.
Al recorrer Filha de Satanás, Mantra y A Bruxa, vemos que el horror y el metal articulan una furia femenina que ya no acepta ser domesticada ni invisibilizada. La bruja, la adolescente monstruosa, la mujer con la hoz: todas son metáforas de una resistencia que enciende fuego, sangre y ruido. Estas figuras no son simples personajes de ficción, sino espejos distorsionados —y por eso mismo potentes— de la experiencia cotidiana de miles de mujeres en América Latina, donde la violencia de género es una herida abierta que atraviesa lo íntimo, lo comunitario y lo político.
Como recuerda Rita Segato, “es la pedagogía de la masculinidad lo que hace posible la guerra, y sin una paz de género no podrá haber ninguna paz verdadera.” Eskröta nos muestra que la verdadera pesadilla no es la bruja, sino el patriarcado que insiste en arder sobre nuestros cuerpos. El monstruo femenino aquí no es amenaza, sino estrategia: la inversión del miedo en arma, la reapropiación del estigma en fuerza de combate.
La estética del horror en el metal feminista latinoamericano debe ser entendida, entonces, no como mero espectáculo, sino como arma cultural y pedagógica. Un grito que, al convertirse en monstruo, reclama justicia y nos invita a imaginar nuevas formas de vida, comunidad y paz. Es un laboratorio estético donde el dolor histórico se transmuta en potencia política, donde las cicatrices se vuelven símbolos de resistencia, y donde lo imposible —la venganza de las olvidadas, la sublevación de las brujas, la voz de las muertas— encuentra un lenguaje.
En última instancia, hablar de horror feminista en el metal es hablar de futuro. Porque si el patriarcado es la pesadilla, entonces la monstruosidad femenina es la posibilidad de despertar. Y en ese despertar, tal vez podamos entrever lo que Segato llama una paz verdadera: aquella que no excluye los cuerpos ni silencia las voces, sino que los reconoce como parte fundamental de una comunidad por venir.
Texto de Beatriz Medeiros, investigadora postdoctoral de Nucleo Milenio en culturas musicales y sonoras (CMUS).
Licenciada en Ciencias de la Información y máster en Comunicación por la Universidade Federal Fluminense. Es doctora en Comunicación y Estudios Culturales por la Universidade Federal Fluminense con doble titulación por la Eberhard Karls Universität Tübingen. En sus investigaciones anteriores, se centró en los estudios de género y feministas en la industria musical, así como en los procesos de formación de redes de mujeres como forma de resistencia a las imposiciones y roles de género.


